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Supercapitalismo, La transformación de los negocios, la democracia y la vida diaria, por Robert Reich

Supercapitalismo

La transformación de los negocios, la democracia y la vida diaria

Escrito por: Robert Reich
Tema: Economía
Título original: Supercapitalism: The Transformation of Business, Democracy, and Everyday Life (Vintage)

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Resumen ejecutivo de Supercapitalismo

A medida que Estados Unidos se ha fortalecido como economía capitalista en los últimos tiempos, también se ha ido debilitando como nación democrática. Los ciudadanos han perdido poder mientras que los inversionistas y consumidores son cada vez más poderosos.

La democracia no se ha expandido en la misma medida que el capitalismo a lo largo del planeta, y esto ha generado consecuencias sociales muy negativas, tales como el aumento de la desigualdad y la falta de seguridad social. El mercado se ha vuelto tan eficiente que ha dejado de lado el factor humano y ahora la democracia responde menos a los valores comunes.

Robert B. Reich, profesor de políticas públicas y ex secretario del trabajo, presenta en este interesante libro un análisis del triunfo del capitalismo y de la caída de la democracia, y propone como solución separar el capitalismo de la democracia.
Editorial: Vintage Books
Año Publicación: 2008
Páginas: 288
Enviado: 01/2009
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Contenido de Supercapitalismo

PALABRAS CLAVE (beta)

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Éxito y fracaso

El objetivo del capitalismo es crear riqueza. En este sentido, el capitalismo estadounidense ha sido notablemente exitoso. Las compañías se han vuelto cada vez más rentables y productivas, y son capaces de hacer más con menos. El mercado accionario ha crecido durante los últimos treinta años aún durante reveses ocasionales.

Sin embargo, estas tendencias económicas también han debilitado la democracia estadounidense y han ampliado la desigualdad entre ricos y pobres. Por tanto, los estadounidenses han triunfado y, a la vez, fracasado. De hecho, cuando juegan el papel de consumidores e inversionistas, los estadounidenses tienen acceso a bienes más asequibles y de mejor calidad, y a una mayor variedad de instrumentos de inversión. Asimismo, los estadounidenses se han vuelto más poderosos, pues los consumidores y accionistas marcan la pauta de los negocios. Sin embargo, cuando juegan el papel de ciudadanos, es obvio que los estadounidenses han perdido cierto poder.

Contrastemos los logros de los últimos 30 años con los logros de los 30 años anteriores. Tras la Segunda Guerra Mundial, disminuyó la desigualdad salarial, creció la clase media y los estadounidenses se volvieron más conscientes de que podían ejercer una influencia positiva sobre el gobierno. Además, una nueva serie de sindicatos, corporaciones, agencias, organizaciones y partidos políticos permitían regular los diversos intereses en juego. En cambio, durante el “supercapitalismo” este balance desapareció a favor de los intereses del mercado.

Capitalismo democrático

Durante el período que va desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años setenta, el capitalismo estadounidense se sostuvo sobre tres pilares:

1. Corporaciones: unas pocas corporaciones dominaban cada industria. Estas lograron economías de escala mediante la producción en masa, lograron reducir sus costos y lograron coordinar sus precios (una difícil tarea dadas las leyes antimonopolio). Además, invirtieron sus ingresos en fábricas y equipos. Los ejecutivos, gerentes y trabajadores recibían sueldos razonables pero no excesivos. En estas burocracias los sueldos gerenciales dependían del rango y la experiencia.

2. Mano de obra: los sindicatos laborales representaban un tercio de la fuerza laboral estadounidense. Estos negociaban los sueldos y beneficios de los jornaleros, pero los acuerdos era más o menos uniformes dentro de cada industria, así que no se afectaba la competitividad. Las huelgas eran poco comunes. La producción y las ganancias eran estables. Los jornaleros ganaban lo suficiente como para entrar en la clase media y consumir los productos que salían de las fábricas.

3. Gobierno: el gobierno se aseguraba de que ningún interés se sobrepusiera a los demás. La regulación de los monopolios permitía que el público tuviera acceso a los servicios básicos (telecomunicaciones, electricidad y transporte). Los legisladores abogaban por los intereses locales (agricultura, ventas al por menor y pequeños negocios). Las políticas fiscales era progresivas y los impuestos se utilizaban para financiar un programa de defensa tan amplio que incluía: autopistas, educación, expansión del mercado, acceso a recursos naturales y, por supuesto, gasto directo en las industrias armamentista y aeroespacial.


El sistema conocido como capitalismo democrático alcanzó un balance gracias a una complicada negociación entre las diversas partes interesadas. Entre los beneficios que ofrecía el mismo estaban:

- Productividad.

- Rentabilidad.

- Empleo estable.

- Repartición de la riqueza.

- Una clase media cuyos estratos más prósperos consumían los productos que salían de las fábricas ubicadas en EUA.


Sin embargo, desde un punto de vista meramente económico, este sistema era costoso y poco eficiente. Si el gobierno hubiera sido menos intervencionista, si los sindicatos hubieran tenido menos poder y si las industrias hubieran sido más competitivas, los consumidores habrían pagado precios más bajos. El retorno sobre las acciones y otros instrumentos financieros era bajo. Y los inversionistas tenían poco o ningún control sobre los CEO.

Además, los CEO se consideraban a sí mismos como “estadistas corporativos”. A veces, supeditaban los intereses de sus compañías y de los accionistas a los intereses del país. No juzgaban el éxito de acuerdo con el comportamiento de las acciones; de hecho, no les importaba mucho el mercado accionario.

La vía al “supercapitalismo”

Durante la Guerra Fría, el gobierno estadounidense invirtió con creces en investigación y desarrollo. Algunos de los avances tecnológicos desarrollados en esta época fueron: la Internet, las comunicaciones satelitales, los contenedores para transportar mercancía, la fibra óptica y la aeronáutica. Dichas tecnologías allanaron el camino hacia el supercapitalismo.

Gracias a que el transporte y las comunicaciones se volvieron cada vez más rápidas y baratas, las compañías lograron crear cadenas de suministros que se extendían a lo largo y ancho del planeta. El diseño y la fabricación computarizados permitieron nuevos niveles de eficiencia y productividad. A medida que la producción de pequeños lotes se volvió más rentable, las economías de escala dejaron de ser tan ventajosas como antes. Dado el aumento de la competencia, los minoristas comenzaron a exigirles una mejor calidad y precios más bajos a los fabricantes. Los emprendedores consiguieron el modo de ofrecer servicios (transporte, telecomunicaciones, finanzas, etc.) más baratos. Los inversionistas colocaban sus ahorros en fondos mutuales y fondos de pensión, y los gerentes, a su vez, exigían un mejor desempeño a sus compañías.

El mensaje que recibía los CEO estaba claro: habían sido contratados y, por tanto, eran reemplazables. Así pues, dada la presión a la que estaban sometidos (obtener precios más bajos y mayores ganancias), los CEO hicieron todo lo posible por disminuir los costos: reducir las nóminas, ejercer presión sobre los sindicatos y, si esto no era suficiente, mudar las fábricas a otros estados o países con el fin de reemplazar los trabajadores sindicados por trabajadores no sindicados.

Pros y contras para consumidores e inversionistas

Los beneficios económicos del supercapitalismo son innegables. Los inversionistas están obteniendo un mejor retorno y los consumidores tienen acceso a una mayor cantidad de bienes de mejor calidad y más asequibles. Por ejemplo, aunque es la comidilla de los liberales, Wal-Mart les ofrece valor tanto a sus accionistas como a los compradores. De hecho, les ahorra entre US$ 100 mil millones y US$ 200 mil millones anuales a los compradores; es decir, unos US$ 600 por familia.

La desregulación le ha valido un gran ahorro a industrias que ahora se han vuelto muy competitivas. Los viajes aéreos han pasado de US$ 35 por milla en 1962 a menos de US$ 15 en el 2000. Sólo Southwest Airlines le ha ahorrado a los viajeros cerca de US$ 20 mil millones. Por otra parte, el precio de las telecomunicaciones ha disminuido a la mitad o más; de hecho, es posible llamar a cualquier país del mundo gratuitamente gracias a los servicios VoIP (llamadas telefónicas a través de la Internet).

Algunos servicios tales como la atención sanitaria se han vuelto más costosos, pero esto se debe a que hoy contamos con tecnologías farmacéuticas y médicas más complejas. Los estadounidenses son más saludables y viven más que antes. El número de muertes por cáncer o enfermedades cardíacas se ha reducido. La mortalidad infantil está disminuyendo. Aunque estén pagando más, los estadounidenses están obteniendo más.

Los inversionistas se han beneficiado del hecho de que los mercados de capital han crecido y se han vuelto más poderosos. Tienen acceso a más información, lo que supone más opciones de inversión. El mercado accionario se ha disparado a medida que las compañías se han vuelto más rentables. La desregulación financiera no sólo ha mejorado las ganancias de los inversionistas sino que, además, ha abierto nuevos canales para que las compañías y los emprendedores obtengan capital.

Sin embargo, nada de esto (los bajos precios para los consumidores y los grandes retornos para los inversionistas no vienen sin un alto costo) es gratuito. Se sabe que las compañías cuyo único criterio para medir el éxito es el mercado contaminan el aire y las aguas, llenan los medios de sexo y violencia, e intervienen en la política con dinero. Si algo es rentable, entonces alguien lo hará. ¿De quién es la culpa de todo esto? Si los consumidores no compraran, nadie les vendería; por tanto, el enemigo no son las corporaciones sino sus clientes. La supremacía de los intereses de los consumidores y de los inversionistas es tal que casi nadie pone el sistema en cuestión.

Las corporaciones entran en la política

A medida que crece la presión, las corporaciones han empezado a competir no sólo en el mercado sino, además, en los procesos políticos. En 1950, casi 100 corporaciones tenían oficinas políticas en Washington. Cuarenta años después, 500 compañías tenían oficinas en Washington y 61 mil cabilderos trabajaban para proteger intereses corporativos. Además, las corporaciones patrocinaban numerosas asociaciones, fundaciones, institutos de investigación y otros grupos.

El cabildeo corporativo es bipartidista. El ex senador demócrata Tom Daschle y el ex senador republicano Bob Dole pertenecían a la misma firma cabildera. Los congresistas que trabajan para firmas de cabildeo pueden llegar a ganar hasta medio millón de dólares al año.

Por su parte, las corporaciones están dispuestas a pagar grandes sumas de dinero a los cabilderos, pues estos ejercen una gran influencia sobre las políticas públicas. En el 2006, Sun, Google, Microsoft, Yahoo, Oracle e IBM destinaron fondos para hacer cabildeo en Washington con el fin de que sus rivales no lograran inclinar el mercado en su favor.

El problema es que el cabildeo corporativo puede acallar la voz de los ciudadanos. A medida que el mundo corporativo se vuelve más bullicioso en Washington, el resto de las voces comienza a apagarse. Los sindicatos comerciales han perdido su importancia. Los organismos encargados de salvaguardar los intereses del público tienen cada vez menos poder. Los políticos le prestan poca atención a la justicia social porque ningún grupo organizado es tan poderoso como las corporaciones.

Los límites de la responsabilidad social corporativa

Las corporaciones que tratan de ser socialmente responsables persiguen objetivos muy loables, tales como: tratar humanamente los animales, proteger el medio ambiente, etc. Sin embargo, la responsabilidad social tiene sus límites. Si esta comienza a poner en peligro las ganancias de los inversionistas o si resulta en un aumento de los costos de producción, la misma gente que aplaudía las buenas intenciones de la corporación se rehusará a pagar más por los productos o a sacrificar los retornos sobre las inversiones.

Además, el marketing de las corporaciones socialmente responsables puede ser engañoso. Por ejemplo, los esfuerzos de Ben & Jerry para proteger la selva tropical pueden parecer socialmente responsables; pero, por otra parte, ¿es responsable vender postres ricos en grasas y azúcares a una población que sufre de obesidad? Otro ejemplo, Starbucks promueve el principio de “ofrecer un buen ambiente de trabajo”; sin embargo, la Junta Nacional de Relaciones Laborales acusó a la empresa de impedir que sus trabajadores se organizaran en un sindicato.

Restablecer el balance

Los ciudadanos deben aprender a reconocer aquello que pueden o no esperar tanto de las corporaciones como de la democracia. Las corporaciones no son malvadas ni están enfrascadas en una oscura conspiración. Pero el trabajo de estas no es velar por la democracia. Aunque la ley trata a las corporaciones como si fueran personas, aquellas no son más que un conjunto de contratos. El gobierno no debería cobrarles impuestos, procesarlas judicialmente, defender su derecho a expresarse libremente o cualquier otra cosa que las confunda con los ciudadanos. Tampoco debería condenarlas cuando estas mudan sus fábricas u oficinas al exterior con el fin de aumentar su competitividad.

De igual modo, la política no debería estar bajo el yugo de las corporaciones sino responder a los intereses de la gente. Así como hay leyes que prohíben el hecho de que los sindicatos utilicen dinero para hacer cabildeo a menos que todos sus miembros así lo consientan, las corporaciones deberían estar obligadas a obtener el consentimiento de sus accionistas a la hora de emprender tareas de cabildeo. Por otra parte, los ciudadanos que les hacen donaciones a las organizaciones que promueven la participación política deberían recibir deducciones impositivas.
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